“La innovación alimentaria tiene por delante un reto enorme: conseguir alimentos más saludables, seguros y sostenibles sin perder de vista algo fundamental: también deben ser accesibles, atractivos para el consumidor y viables para la industria”, según ha destacado Laura Gil, directora de I+D de CNTA, que señala que “todo ello se produce en un contexto de presión sobre los costes, escasez de determinadas materias primas, una regulación cada vez más exigente y consumidores que demandan salud, sostenibilidad, conveniencia y transparencia”
En una entrevista exclusiva a la Revista Digital de Financial Food, Gil explica cómo “el verdadero reto no es desarrollar más tecnología, sino convertir el conocimiento y la tecnología en soluciones que funcionen en el mundo real. Ahí es donde centros tecnológicos como CNTA podemos aportar más valor: ayudando a las empresas a combinar conocimiento científico, tecnologías y validación industrial para transformar sus retos en soluciones viables, escalables y con impacto en su competitividad”.
Sobre las diferencias que existen hoy en día entre una empresa alimentaria innovadora de otra que simplemente incorpora las tecnologías que ya están funcionando en el mercado, la directora de I+D de CNTA asegura que “la diferencia está en pasar de una innovación reactiva a una innovación intencional. No se trata de incorporar inteligencia artificial, fermentación o sensórica porque estén de actualidad, sino de preguntarse qué pueden aportar: mejorar un producto, reducir una merma, anticipar un riesgo o crear una ventaja competitiva. Eso exige también cultura interna: conectar los perfiles técnicos con negocio, calidad y producción; medir los resultados; aprender de los desarrollos que no llegan al mercado; y colaborar con centros tecnológicos, universidades, startups y proveedores. Innovar no significa estar siempre en la frontera científica. Significa convertir conocimiento en valor de manera continuada”.
En cuanto a los ámbitos que hoy en día cuentan con una mayor actividad innovadora por parte de las empresas agroalimentarias, Laura Gil señala que “la actividad se concentra en cuatro ámbitos. El primero es la alimentación saludable: reformulación, mejora del perfil nutricional, alternativas al azúcar, incorporación de fibra o proteína y productos adaptados a necesidades concretas. Crece además el interés por demostrar con herramientas científicas la funcionalidad de ingredientes y alimentos. El segundo es una sostenibilidad muy vinculada a la operación: valorizar subproductos, reducir consumos de agua y energía, prevenir el desperdicio y desarrollar envases que mantengan la seguridad, la estabilidad y la aceptación del producto. El tercero es la digitalización de los procesos y del control de calidad, con más monitorización en línea, automatización y uso de datos para anticipar problemas. Y el cuarto es la biotecnología: fermentación, microorganismos, proteínas alternativas y obtención de ingredientes funcionales a partir de biomasa y subproductos. Probablemente, el espacio más fértil esté en la confluencia entre salud, biotecnología y sostenibilidad”.
La experta asegura también que “la industria alimentaria española cuenta con empresas muy avanzadas y con un ecosistema científico y tecnológico sólido, pero la capacidad de adopción sigue siendo desigual, especialmente entre las pymes. Las barreras no son solo financieras. También faltan perfiles especializados, tiempo para experimentar y herramientas para elegir la tecnología adecuada, evaluar su retorno y superar el salto entre una prueba piloto y la implantación industrial. Es precisamente en ese tramo donde más incertidumbre aparece”.
“Por eso, además de financiación, necesitamos espacios que permitan probar antes de invertir. Los sandboxes, las plantas piloto y los proyectos demostradores ayudan a validar soluciones y reducir el riesgo. Iniciativas de CNTA como Sandbox AgriFoodTech y EATEX Food Innovation están concebidas para facilitar esa experimentación, colaboración y transferencia de tecnología”, añade.
Sobre el papel que debe desempeñar un centro tecnológico como CNTA, Gil explica que “un centro tecnológico debe actuar como puente entre la investigación y la industria. Nuestro papel es reducir la incertidumbre y acelerar el camino que convierte una tecnología en una solución industrial. Eso significa seleccionar y adaptar la tecnología al alimento o al proceso, validarla, escalarla en condiciones representativas y comprobar factores que terminan siendo decisivos: seguridad, calidad sensorial, vida útil, costes, regulación y aceptación del consumidor. Que algo funcione en el laboratorio no significa todavía que esté listo para la industria”.
“Además, los retos actuales exigen integrar disciplinas. Un nuevo envase, por ejemplo, puede obligar a trabajar a la vez sobre material, formulación, proceso, migraciones, vida útil y comportamiento del consumidor. Ese es el enfoque que queremos reforzar en CNTA: pasar de una lógica de capacidades aisladas a una resolución integral de retos. Combinamos conocimiento y tecnologías para acompañar a la empresa desde la idea hasta la validación, el escalado y la transferencia”, añade.
Puedes leer la entrevista completa en la Edición de Octubre de la Revista Digital de Financial Food.










